“Tu piel es suave como el algodón”, le decía a mi hijo de dos meses, tumbado en la cunita.
“Tu piel es suave como el algodón”, le decía a mi hijo de dos años, dormido en su camita.
“Tu piel es suave como el algodón”, le dijo mi hijo a su madre acariciándole la cara.
“¿Qué es el algodón, papá?”, me preguntó mi hijo con diez años.
“Un día, te llevaré a ver un campo de algodón”, le contesté.
Pasaron varios años y él le repetía a su madre lo mismo sin haber visto nunca una flor de algodón.
Fue en un viaje. Íbamos los dos porque su madre ya no estaba con nosotros. El campo era blanco y la vista espectacular. Él caminaba con los ojos completamente abiertos, despacio, maravillado. Cogió una flor, se arrodilló en mitad del campo y lloró. No podía articular palabra.
– ¿Qué te pasa hijo?
– Sí – me contestó entre sollozos – Mamá tenía la piel como el algodón.