El rocío de la mañana mojaba mis pies por donde pasaba. Caminé por aquellos andurriales hasta que tropecé con una casa singular rodeada de gladiolos, azucenas y lirios. Además, el aroma de lavanda se esparcía en el aire al rozarla con las manos. Pero sobre todos ellos, destacaban unos geranios rojos.
– Hermosos geranios tiene usted – le dije a la mujer que los cuidaba.
– Son cardenales – me puntualizó – Así los llamamos allá, por tierras chilenas.
– Pues huelen muy bien.
– Sí, es el olor a cardenales.
Cardenales. Curioso, pensé. Entonces asocié el color de la flor con el de los clérigos y reí para mis adentros