Salí del colegio contenta porque esa noche iba a ser muy especial. Cuando mi padre no estaba, me iba sola, pero mi casa no estaba lejos. Llamé a mi vecina Lola, una mujer joven y muy guapa. Ella tenía llave de casa, pero yo prefería quedarme hasta que llegara papá. A veces, él también le hacía compañía, eran muy amigos.

Como papá no sabía hacer la comida, yo le ayudaba y Lola también nos preparaba cosas. Después de comer me acosté un rato y por la tarde me puse el disfraz de bruja, con un vestido negro, un sombrero alto y me maquillé con una verruga y todo. Tesa y las demás llegaron después y nos reímos muchos porque estábamos muy graciosas. Jugamos un rato en casa y, cuando se escondió el sol, salimos a la plaza donde había un montón de niños.

Nos dieron una pequeña vela y, como en procesión, recorrimos varias calles del barrio, entrando en algunas casas donde nos daban chucherías que guardábamos en una bolsa. Era todo muy bonito.

A la hora de cenar, nos fuimos todos a casa. Yo estaba muy cansada. Como había merendado no tenía ganas de cenar. Le di un beso a papá y me fui a la cama. Al momento oí que se iba a casa de Lola.

Intenté dormir pero no podía. Decían que todos los muertos vivían esa noche y era verdad. Cerraba los ojos hasta que el sueño se apoderó de mí. Entonces noté que alguien me daba un beso en la frente. No quería abrirlos porque sabía que era mamá, sus labios eran muy dulces y suaves. Por eso, para mí era una noche mágica.