La vista, que al principio se paseaba entre naranjos, empezó a divisar viñedos y el cielo, antes azul, se tornó blanco y gris oscuro por momentos. La temperatura fue bajando y cuando llegamos, parecía que estábamos en otro país, en otro mundo, en otro tiempo. El pueblo, San Millán de la Cogolla; el monasterio, el de Yuso; la posada, la de San Millán, aledaña al monasterio, privilegiada, solitaria y el río, el Cárdenas. Las nubes cubrían el cielo y parte de las montañas en aquel valle silencioso, testigo mudo de un tiempo en el que los monjes se dedicaban a fabricar códices hechos de pergaminos y escritos con bellos colores a base de vino tinto, yema de huevo y tierras rojizas. El monasterio de Suso, allá arriba, tan pequeño, tan solitario, tan olvidado, donde Gonzalo de Berceo escribió sus poemas, los primeros escritos en lengua castellana. Y el de Yuso, abajo, imponente, construido para seguir las labores de los monjes y donde alguien escribió unas notas, unas glosas, en los mismos códices escritos en latín. Por la noche, en la posada, se me aparecían mil imágenes de frailes escribiendo con sus cantos gregorianos que inundaban las estancias. Y después, las de alguien que, pasados los años y con el afán de que se entendieran aquellos textos en latín, escribía, en la lengua del pueblo, el significado de muchas de las palabras que ya nadie comprendía. Y el sueño no llegaba porque la emoción se lo impedía. Estás en la cuna del castellano, me repetía una y otra vez. Una campanada me anunció la hora y los ojos se me cerraron. Había que estar dispuesto para empezar la ruta de los monasterios, para saborear la ruta del vino, para pasar por el camino de Santiago. Y todo, en la Rioja, contado en la lengua del pueblo, aquella cuyo primer testimonio fueron las Glosas Emilianenses.