Los gritos de dolor de la mujer delataban un parto lleno de miedo y al mismo tiempo de esperanza. “Que sea un niño por favor”, se repetía Josefa sin parar. Las mujeres la miraban con compasión y atendían su evolución cuchicheando en voz baja para que no las pudiera oír.
El fuego de la chimenea era la única iluminación de una habitación que sólo había servido para tener hijas. Tal vez ahora, después de este parto, su utilidad sería mayor.

Los Álvarez de Toledo eran una familia muy unida y aunque sus títulos y posesiones les permitían una posición holgada, no por ello dejaban de acudir a atender a uno de sus miembros cuando la necesidad los llamaba, cosa que sucedía a menudo. Cuando no era Josefa, era María de la Encarnación y cuando no, Jacoba. “Buenas mozas sois”, les decía la matriarca.
A sus cincuenta años, doña Carmen había perdido a su marido hacía siete y lejos de hundirse en la desesperación, buscó refugio en sus hijos, los cuales empezaron a tener prole muy pronto, lo que la hizo mantenerse ocupada durante muchos días del año…
(El balneario)