Desde fuera apenas era una casa, más pequeña de lo normal. El río se desviaba por medio de unas trampillas y la atravesaba desde abajo. Cuando estuvo más cerca, miró y vio una rueda horizontal que giraba a toda velocidad unida a un eje vertical que subía hacia arriba directamente a la casa.

Entró y se quedó un poco sorprendido porque apenas se veía nada. Un ruido de traqueteo se oía desde fuera y al entrar vio que se trataba del golpeteo de un eje contra una especie de bandeja por donde caía el grano para ser molido, de esa forma, el mismo movimiento del eje ayudaba a caer el grano que un hombre descargaba desde un saco. Por una pequeña rendija iba saliendo la harina ya molida que caía en una tolva desde donde el mismo hombre la vigilaba y luego recogía y guardaba en sacos.

Accedieron por una escalera y al llegar a la parte inferior vio el corazón del molino. Eso sí que es lo que esperaba. Se veía perfectamente cómo caía el grano desde arriba por un agujero al interior de dos piedras circulares. Una era fija y la otra es la que se movía por la acción del agua.

Un hombre le explicó que arriba había una tuerca con la que regulaba la distancia entre estas piedras. Si estaban muy separadas, apenas se molía el grano y según el grosor de la harina que se quisiera, las juntaba más o menos. Cuando cerraba el molino, separaba las piedras primero y luego con una palanca, se atrancaba el eje de la rueda para que no se moviera.