El maletín


La verdad es que desde pequeño me atrajo la medicina, seguramente influenciado por el metge Monfort, que vivía cerca de mi casa, en el número uno de la misma calle, al lado del Porxet, una de las entradas al pueblo en tiempos antiguos.
El metge era hombre serio, formal, reservado, sin amigos y que solo vivía para su trabajo. La primera vez que lo vi fue en casa. Mi padre estaba en la cama, enfermo, no sé de qué. Yo no tendría más de seis años. El metge estaba sentado en una silla a su cabecera. Abrió su maletín, le auscultó el pecho y le cogió un brazo, seguramente para saber su pulso. No sé qué le dijo a mi madre, no lo recuerdo, pero al cabo de unos días, mi padre se levantó y se sentó en una silla en el comedor. Estaba mejor. Cuando volvió el metge, le dio una palmada en la espalda y le sonrió, fue solo un instante. Yo entendí que ya estaba bien. El metge se fue con su maletín, callado, como una sombra. Yo sabía que en ese maletín llevaba los remedios de todas las enfermedades. Siempre iba con él a todas partes y cuando lo abría, la gente se curaba. Desde entonces admiré a ese hombre y siempre quise ser como él.