La tarde empezaba a debilitarse empujada por la fuerza de una noche que avanzaba sigilosamente. En los días de invierno era ésta la gran vencedora en el cómputo diario. Por su parte, la temperatura, que se había mantenido a duras penas por encima de los diez grados, empezaba a desplomarse como si la noche ejerciera presión sobre ella. Era una lucha diaria en la que de antemano se conocía quiénes iban a ser los vencedores y quiénes los vencidos.

Domingo García, sabiendo dicho resultado, iba enfundado en su abrigo y forrado con su bufanda dejando solo los ojos a merced de una intemperie en la que la noche empezaba a adueñarse del día.

Delante de él, Fabián el farolero, con su boina, chaqueta de pana y cigarrillo en boca, empezaba a encender las primeras farolas de las esquinas, dando así un ambiente mortecino a unas calles que de por sí ya lo eran a plena luz del día. Con su vara encendida, iba prendiendo la mecha a cada farola con la que se tropezaba. Tenía una habilidad de años que le permitía encender una farola en un abrir y cerrar de ojos.