Déjate llevar, decía una voz en mi interior. Mi cabeza daba vueltas, cansado, mareado, agotado. Tan cansado estaba que no podía caminar.
Déjate llevar, me seguía diciendo. Me senté y cerré los ojos un momento. Saldría a volar, saldría a nadar, saldría a reír, a dejarme llevar, sí, eso es.
Me desnudé y me fui a la playa. Eran las nueve de la noche. El mar calmado, los últimos rayos golpeaban la orilla y mi sombra alargada iba delante de mí.
Déjate llevar. Me tumbé en el agua y cerré los ojos. Los oídos tapados por el agua, me dejaban escuchar el sonido del silencio. El agua me balanceaba y sin más, me dejé llevar.