No sabía cómo hacerlo y aquélla era la única forma que se me ocurrió. Sus labios me supieron a gloria y su mirada, extrañada, aunque la esperaba, me dolió. Yo la veía cada tarde llegar corriendo y, a mi altura, se paraba a mirar el mar. Yo estaba sentado, detrás y pensaba cómo hacer para besarla.
Fue todo muy extraño porque, después de pararme a mirar el mar, como siempre hacía a aquella altura, al girarme, alguien me robó un beso. Nos quedamos mirándonos un segundo, me pidió perdón y se fue. ¿Premeditado? Seguramente, pero lo hizo limpiamente y en verdad, me gustó.
El sol se escondía y frente al mar le pregunté si se acordaba de aquel primer beso. No me dijo nada, nos cogimos de la mano y seguimos mirando la puesta del sol.