A la otra parte, bajando a la izquierda, empezaba la calle el metge Monfort, más abajo la carnicería de les Coquetes y el molinet del Almirante, Vicente Cabedo. El Chato tenía también carnicería y por supuesto estaban los comestibles de Fuset. Antes de él estaban los comestibles de les Gironeses y la carnicería de Margarita. Otra carnicería era la de les Giletes y debajo, el Pando, donde mi padre pasaba las tardes de los sábados jugando al dominó con los amigos. Después de las esca-leras de la Trinidad, venía la carnicería de Poblete, al lado de mi casa y debajo estaba la carnicería de la Lluca. Teníamos también un llanterner, el señor Vicent Terol. Por último, la carnicería de Medina, la farinera del Chorrero y la fábrica de mi padre, bueno, la de Tortosa y Delgado. Casi veinte años viviendo en aquella calle hizo que todas las casas se me que-daran grabadas para siempre.
Los ojos se me abrieron como platos y en el quicio de la puerta vi la figura de Aurora mirándome, sonriendo.
– ¿Dormías?
– Sí, ¿por qué? – pregunté un tanto nervioso.
– Estabas sonriendo. ¿Qué soñabas? ¿Era un sueño bo-nito? ¿Soñabas conmigo? – me preguntó con descaro.
– Ya no me acuerdo – le mentí.
– Anda, levántate que ya es hora – me dijo sin moverse de la puerta.
– Bien, me voy a cambiar.
– ¿Quieres que me vaya? – me dijo insinuante. Eso me puso muy nervioso, tanto que ella se dio cuenta y desapareció de la puerta.
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